Por: T.T Gracia de Cárdenas

Madre de todos los hombres enséñanos a decir Amén, con todo nuestro amor y nuestra devoción.

Vimos como en la Basílica de la Virgen de Guadalupe, peregrinos de todas las clases sociales, también con el fervor y la Fe de todos los hijos de María de Guadalupe, la cual en todas las partes del mundo es alabada y bendecida en todos los pueblos, capillas, iglesias y en todos los corazones de los feligreses.

Se ha visto el agradecimiento y tantos milagros recibidos, y me pongo a pensar, como dice el Padre Amatulli: católico ignorante seguro protestante, porque ellos se pierden del amor de una Madre fiel que Jesús nos dejó para amarle y no para despreciarla; mexicanos tenemos una Madre que nos dice: “No estoy yo aquí que soy tu madre, porque temes”, el que no la conoce tampoco nació de una Madre.

Somos un pueblo elegido bendigamos al Señor.

Pueblo Escogido

En el Siglo XVII el patriotismo novohispano descansaba sobre dos creencias: la identidad entre el Dios Quetzalcóatl y el apóstol Santo Tomas, y la aparición de la Virgen María en el cerro del Tepeyac, en 1532. Si Quetzalcóatl era Santo Tomas, como pensaba Carlos de Sigüenza y Góngora, entonces la fundación católica de México era anterior a la conquista española.

Esta hipótesis teológica, que le otorgaba un fundamento espiritual autónomo a la iglesia mexicana, vino a reforzarse con la publicación, en 1648, del primer relato sobre el milagro guadalupano en el Tepeyac, donde se veneraba a la diosa Tonantzin –nuestra madre- desde tiempos remotos.

La madre de Dios había escogido a un indio humilde, Juan Diego, como testigo y mensajero de su manifestación en la tierra mexicana. De este modo la aparición de la Virgen fue interpretada, sobre todo por el clero criollo, como una prueba de la predilección que Dios le manifestaba a los indios y, por extensión, a los nacidos en México.

En el siglo XVIII ambas creencias se entrelazaron en el culto a Nuestra Señora de Guadalupe, que se convirtió en la creencia popular más extendida y de mayor arraigo. Durante las inundaciones, sequias y hambrunas, o en ocasión de mortíferas epidemias (como la del sarampión en 1727 o la peste de 1736, en la que murieron 40 000 personas tan solo en la ciudad de México), la Guadalupana era invocada y sus representaciones ofrecían protección y consuelo a los devotos.

La imagen de la Virgen de Guadalupe inspiró a la literatura, el arte y la religión novohispana, hasta convertirse en un emblema nacional. A ella se consagraron innumerables altares, retablos, capillas, iglesias, sermones y colegios (como el de los franciscanos en Zacatecas). En 1737 fue reconocido su patronato o “protección celestial” sobre la ciudad de México y en 1746 sobre toda la Nueva España.

El aspecto doctrinal de esta veneración se fortaleció en 1746 con la publicación  de la Idea de una nueva historia general de la América Septentrional, del italiano Lorenzo Boturini. En esta obra se buscaba demostrar, por medio de la interpretación de himnos y códices indígenas, la identificación de Santo Tomas como Quetzalcóatl, y se ofrecían abundantes pruebas documentales sobre la aparición de la Virgen.

Años más tarde, criollos ilustres continuaron la indagación sobre el milagro guadalupano, ya no desde el punto de vista teológico, sino apoyados en los principios de la ciencia ilustrada. En su Opúsculo guadalupano (1790), José Ignacio Bartoloche trató de probar que la tela se había la imagen de la Virgen no podía ser el sayal del indio juan Diego. Por esos años, un hombre obsesionado por las antigüedades mexicanas, Ignacio Borunda, propuso una nueva interpretación del milagro guadalupano, apoyada en la descripción del calendario azteca realizada por Antonio de león y Gama.

Borunda creía que el monolito prehispánico encontrado en el Zócalo contaba, a través de jeroglíficos, la fundación de México por Quetzalcóatl- Santo Tomas. Ambas teorías fueron retomadas por fray Servando Teresa de Mier en su célebre sermón guadalupano del 12 de diciembre de 1794, en el santuario del Tepeyac. Según Mier, la diosa Tonantzin, madre de Tehohuitzahuac, Señor de la Corona de Espinas, era la Virgen María, a quien los indios veneraban desde principios del milenio.

La tela con la imagen de la Guadalupana no era el sayal de Juan Diego, sino la capa del apóstol Santo Tomas. Esta revisión del milagro guadalupano no buscaba debilitar el culto, sino ofrecerle un fundamento inconmovible.

No lo entendió la Iglesia mexicana, que reaccionó como si se tratara de una herejía. Mier fue juzgado por la Inquisición y condenado a un exilio que duraría más de veinte años.

 

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